Por: Carlos Lamas

Jefe, fíjese la tontería que le voy a decir -una vez más y por no variar-, quizás España esté tornando en un país de masoquistas, de melancólicos. Y usted se preguntará que qué me lleva a mí a propugnar una teoría semejante. Cualquiera sabe. Quizás, por un lado, la cada vez más numerosa inmigración afincada por estos lares, que acumula, década tras década, toneladas de carne nostálgica de otras inhóspitas o húmedas tierras, de lejanas playas, de balanceantes y tempestuosos mares y de cielos de azules amenazantes.

Por otro, la inmigración interior que hubo y habrá, principalmente de andaluces, extremeños y -ahora menos- gallegos, con sus petates a cuestas, en busca de horizontes más benignos para intentar cumplir sus sueños. Además, sumando a estos, los que fueron punta de lanza y entre fines del siglo XIX y desde los años 20 y hasta los 80 del siglo XX, partieron hacia Hispanoamérica antes, y luego al País Vasco, Cataluña, Madrid y otros países vecinos del norte. Siga acumulando.

También están los jóvenes universitarios, que a partir de intercambios estudiantiles tuvieron y tienen la posibilidad de conocer otros amaneceres, distintas miradas y sonrisas, nuevos aires, otra luz, que encandilaron sus mentes o vencieron sus argumentos y allí lejos se quedaron, por probar, por ver, por conocer, por distintos amores.

Si sumamos todos esos espíritus, esas almas, nos encontramos con un ejército nostálgico, de lo de aquí, o lo de allá. Una muchedumbre melancólica perdida, que busca y no encuentra su lugar en el mundo. Que va y viene. Gentes que eligieron perder algo de su identidad a cambio de otras cosas. Cada uno de ellos sabrá cuáles. Al fin, dicen, la vida es una estación de tren.

¿Masoquistas?, ¿idealistas?, ¿soñadores?, ¿aventureros, tal vez? No lo sabemos; habrá de todo.

El caso es que, casualmente, un 9 de marzo de 1895 murió bajo cielos de ultramar, un tal Leopold Sacher Masoch, novelista austríaco. Pronto hará de eso 130 años. El tipo, según dicen, vivió una infancia terrible. Su nodriza, de origen ruso, le contaba permanentemente cuentos muy distintos de los que se espera que escuche un niño. Eran historias crueles, mezcla de fantasía y realidad y donde solían aparecer personajes dominantes y torturadores. Su padre, que era jefe de la policía, también acostumbraba contarle batallitas de su trabajo: crímenes y fechorías de tipejos monstruosos, miserables y/o inadaptados. El muchacho también pudo ver con sus propios ojos, revueltas y represiones en su pueblo, cuando los terratenientes polacos se alzaron contra la aristocracia austríaca; quizás de puro aburrimiento. Con ese panorama infantil, el triste joven perseguido por sus recuerdos, empezó a buscar en sus amantes perfiles de zarinas tiránicas y malvadas, que lo castigaran en cuerpo y alma. Acabó mal, en un manicomio, donde el psiquiatra que lo trataba y estudiaba su vida, tomando como adjetivo su apellido (Masoch), llamó ‘masoquismo’, a la aberración consistente en obtener placer del dolor.

Eso dicen los hinchas del Madrid que son los del Atleti, ‘masoquistas’; aunque ahora mismo no sé yo cuál es quién.

Los más sabios del lugar y un par de ‘expertos’ señalan que el componente sufridor del hincha de fútbol, es común hoy a los habitantes de este país. Absurdas coyunturas políticas y económicas parecen apuntar en ese sentido. De las decisiones vitales que entrañan una pérdida ya hablamos al principio. Algunos, que no me quieren nada, aseveran que los lectores de esta columna también son de esa ralea perversa…

Sea como fuere, tengo para mí que todos vamos buscando por el camino, un algo o un alguien, sin saber con qué nos encontraremos. Pero nuestro poder de atracción es más fuerte y misterioso, aun para nosotros mismos, de lo que podamos manejar conscientemente. De resultas que nos topamos con lo que, sin saberlo, nos había sido predestinado con antelación. Para bien o -generalmente- para mal.

En fin, un lío jefe. Pero usted no sufra por mí, eh, que yo ya estoy mejor. Y ahora voy y me acuesto.

Buenas tardes.

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